jueves, 24 de marzo de 2011
Prensa
Muy locamente, mientras le arreglaban la bomba hidráulica a la Westy, apareció una camioneta de "Prensa" y nos sacó una foto. Toda la información de la nota se ve que la sacaron del blog porque no tuvimos tiempo de hablar con el periodista.
En el próximo capítulo les explicamos mejor como es que llegó a pasar todo este asuntito de la fama...
http://www.laopinionaustral.com.ar/diario.asp?Modo=Noticia&NId=30520&A=2011&M=3&D=
domingo, 20 de marzo de 2011
Ríos que son rías
Las fórmulas exitosas, de esas que garantizan satisfacción, no son muy comunes en los viajes, lo comprobamos. Saliendo de Rada Tilly, después de pasar la noche en el cuartel de bomberos encontramos en la rotonda que salía hacia la ruta una pareja mochileros, no estoy seguro de que estuvieran haciendo dedo, pero como veníamos de una linda experiencia con gente extranjera bastó que nos miráramos con Clari para decidir en un santiamén dar un pisotón al freno y hacer cincuenta metros marcha atrás para ofrecerles un aventón. Como dije, era una pareja, él de Rusia y ella ucraniana, estaban terminando un viaje de un año alrededor del mundo, con un proyecto cultural que era interesante. Era obvio, no iba a pasar lo mismo que con los anteriores, hablamos un poco, lo que nos permitía la barrera idiomática y los gritos del viento patagónico que azotaban a la Westy. Así fue, como sin pena ni gloria dejamos a Marcel y Olga en el cruce de la ruta 3 y el camino que nos llevaba a Puerto Deseado, nuestro siguiente destino.
Esta cuidad, tiene como atractivo más grande una ría, esto es algo muy parecido a un río, que además de la última letra, se diferencian en que la primera tiene agua de mar en vez de agua dulce. Es un acontecimiento muy raro, de hecho creo que en la Argentina hay solo dos (Perdón por la falta de rigor periodístico) y se forma cuando un río común y silvestre se seca y en su cause vació se mete el mar, esto pasa acá gracias a que a eso, se le suma la gran amplitud de mareas que hay en la costa patagónica del Mar Argentino, hay lugares en que varía 14 metros la altura del mar y 2 veces al día.
No los aburro más, ya instruidos puedo contarles que los 40 km de ría son increíbles, tiene cañadones, playitas, islas con pingüinos, otras con lobos marinos y toninas overas por todos lados, son delfines pero con colores de orca, increíbles, pero nos quedamos con ganas de verlas lamentablemente. Esta vez ni apuntamos a dormir en campings, nuestra experiencia nos dice que son caros y mucho más feos que los lugares que se pueden encontrar libres de cercos. Pasamos de largo el pueblo, y fuimos directo a la ría, encontramos una bahía linda, en frente a una isla de pingüinos, nos felicitamos por la decisión, comimos y a dormir. El día siguiente fue una buena prueba, amaneció lloviendo, frío y con mucho viento, decidimos quedarnos todo el día ahí y la Westy volvió a probarnos que es cómoda y gauchita, estuvimos casi todo el día adentro, cartas, lectura y comida, un buen día de descanso y dormimos sin pasar nada de frío.
Nuestro campamento el primer día en la ría Deseado.
Con el sol de nuevo arriba, fuimos tras las andanzas de Darwin, que según la folletería que nos hacía más pesada la camioneta, aseguraba que eran muchas. No se si por falta de indagación o de ganas, no encontramos nada y nos entregamos a los placeres del guiso. Para que se entienda, nunca habíamos comido afuera desde comenzado el viaje y decidimos darnos el gusto. Paramos en “Lo de Armando”, un cálido restorán que además tenía entre sus bondades Wi-fi. El menú del día era guiso de lentejas, le preguntamos a el mismísimo Armando si la porción era como para compartir, ya que además de no tener mucho hambre, contábamos con menos presupuesto. Generoso gastronómico, prácticamente nos regaló la comida y también una breve lección turística de la Patagonia que bien conoce.
Joaquín, Armando y Clari en "Lo de Armando" después del guiso.
Para dormir la última noche en la ría Deseado, buscamos otra playita y encontramos una mejor, la tarde vino mientras jugábamos al truco y tuvimos que suspenderlo. Sabemos que los cielos patagónicos son de regalar atardecer sobresalientes, pero este nos dejó boquiabiertos, además de nubes prendiéndose fuego por todos lados, pareciera que todos los animales se pusieron de acuerdo para vocalizar, los lobos marinos, cormoranes, y pingüinos en concierto, como agradeciendo el día y ese atardecer. Este comportamiento fue muy similar al que una vez vivimos en el exclusivo balneario de Punta del Este, precisamente en la playa de Solanas, donde la gente aplaudía cuando el sol se terminaba de poner en el horizonte. ¡Qué parecidos son estos veraneantes a los pingüinos de Magallanes!
Es mi turno
Mi madre me ha dicho, desde que soy niña, que con lo bellas que somos las combis tendríamos que cuidarnos de los camiones y colectivos, ya que ellos siempre andan al acecho de vehículos como nosotras. Bueno, debo admitir que ella no se ha equivocado, las madres saben. A lo largo de estos 14 días de trayecto he recibido unas cuantas guiñadas de luces por parte de ellos, además de bocinas y algún que otro piropo como “¡Qué tren delantero que tenés bombón!” o “¡Como me gustaría ser gomería para tocar esas gomas!”, con lo cual suelo avergonzarme y prender las valizas en señal de disconformidad.
A nadie le agrada demasiado hablar sobre las virtudes de uno, pero tengo a mis conductores al lado, insistiéndome para que lo haga. Podría decir, humildemente, que soy una tipa enérgica, tengo dos baterías; me apasiona la música, por eso lo más tecnológico que llevo conmigo es un buen equipo de audio para disfrutar siempre de ella, vaya donde vaya. Nunca me sentí del todo cómoda andando a más de 100 kms por hora, por eso mi andar es sereno, voy a 80kms. Eso permite a mis dueños ir charlando y tomar mate tranquilos. Cuando observo a los fanfarrones de siempre pisar el acelerador a más de 140 kms confirmo una vez más, el porqué de mi amistad con el Citro y Falcón, ellos comparten valores parecidos a los míos.
miércoles, 16 de marzo de 2011
Una de bomberos
Ya en ruta, sin cruzar más palabras que las necesarias por unas largas horas, fuimos encontrándonos, y con la Westy rumbeando para Comodoro Rivadavia tuvimos otra de las tantas charlas con Clari, de esas que disfrutamos mucho y estamos teniendo muy seguido. Los largos tiempos de ocio rinden sus frutos. Una vez llegados a la cuidad del petróleo, que no merece más descripciones que esa, hicimos unas rápidas compras y estuvimos puntuales a las 19 hs. en un bar para ver a River, y Clari de paso se conectaba con el mundo gracias al wi-fi. Salimos después de la injusta derrota y no teníamos plan alguno, era la primera vez que nos “agarraba” la noche sin lugar donde dormir y ni si quiera habíamos comido. Fuimos hacia el Sur con la ilusión de encontrar algún camping y lo encontramos en Rada Tilly, el barrio agraciado y pudiente de la zona. El problema es que no tenía un solo punto a favor, no tenía luces, no tenía gente, no tenía entrada ni baños a la vista. Para dormir ahí, pensamos, durmamos en la calle. Después de dar varias vueltas por el vecindario y comprar una micro-tarta de zapallitos para los dos, que encima traía brócoli, arvejas, choclo y olía a pescado (A Clari le gustó) empezamos a dudar de nuestra posibilidad de pasar una buena noche. Mi humor había empeorado considerablemente después del partido de River y la tarta de mil verduras, pero por suerte o por memoriosos, no sé, nos acordamos de un consejo que nos dieron hace tiempo: “Siempre que necesiten pídanle una mano a los bomberos que son muy serviciales”. En buena hora las esperanzas se renovaron, giramos en falso unos cuantos minutos más buscando el cuartel que ningún transeúnte sabía ubicar, pero finalmente dimos con el. Le pedimos permiso a los dos voluntarios que hacían guardia para dormir en la puerta y no sólo nos lo dieron, sino que también se ofrecieron para cualquier otra cosa que necesitáramos. Sólo les usamos el baño a la noche y dormimos tranquilos sabiendo que estábamos custodiados por gentes tan amables.
Dormimos mucho y cuando nos despertamos nos prestamos a la charla con el que nos había atendido la noche anterior. Muy amablemente, nos ofreció mate, café, una ducha y si queríamos que nos diéramos un baño de inmersión, con Clari no podíamos salir de nuestro asombro por tanta hospitalidad pero nos bastó imaginarnos en una bañadera con espuma en el cuartel para desistir de la cordial propuesta.
Comprobábamos igualmente que estos hombres son casi héroes, además de apagar incendios, rescatar accidentados y bajar gatos de los árboles, son más buenos que la avena quaker. Entre mate y mate, como quién no quiere la cosa, Nicolás, así se llamaba el bombero, nos contó el origen de su vocación. Parece que de chiquito le gustaba mucho el fuego, tanto que se hizo pirómano. La llama que rebalsó el vaso la prendió cuando tenía doce años, harto de que la vieja de enfrente de la plaza los regañara cuando jugaban a la pelota, esperó que se fuera con su carrito de compras y le puso algún que otro algodón con querosén ardiendo alrededor de la casa. Atenta la madre, en vez de castigarlo lo mandó a la escuela de bomberos. Gracias a la sabia decisión de ella, hoy Nicolás está de este lado y no quiere saber nada con fuego, tanto que se dedica a extinguirlos.
Cuando el lenguaje traspasa barreras
A los pocos días de comenzado el viaje, en un pueblo llamado Gaiman, famoso por sus pasteles de crema, torta negra y tés (Lady Di tomó el té ahí), conocimos a tres personas muy especiales, quienes serían para nosotros, compañeros de ruta a lo largo de casi tres días. Roman, un joven suizo de 19 años, buscador, culto y de gran corazón; Emily y Nico, una pareja de franceses. Ella, enfermera y él amante del buceo, procedentes de New Caledonia, una isla en el Pacífico. Los cinco viajamos en la Westy desde Gaiman hasta Cabo Dos Bahías cerca del pueblo de Camarones (lugar donde paso parte de su infancia J. Domingo Perón). Allí tuvimos contacto con pingüinos de la zona. Según Joaquín, estos animales son más lindos en la televisión que en vivo y en directo. Parecen calmos y dóciles pero había uno de ellos, especie de pingüino piquetero, que se le enfrentó a Joaquín en un puente. Bastante valiente el pingüino. Para mí, eran una manada de novios con jaqué a punto de casarse que no parecían muy alegres con la decisión porque corrían de un lado al otro, cual pretendientes arrepentidos, en busca de libertad.
Si hay alguna agrupación piquetera entre estas aves, este vendría a ser Castells, bravo bravo era.
Fue realmente lindo conocer a Roman, Emily y Nico. Francia, Suiza y Argentina, intentando comunicar y expresar ideas, sentimientos y pensamientos. A veces, misteriosamente, las personas, a pesar de no entender todo sobre lenguas extranjeras, logramos comprendernos a través de la mirada. Durante tres días conocimos de manera profunda las vidas de estos tres amigos del camino, sus países, deseos y sueños. Emily trabaja como enfermera de pacientes terminales, ancianos y jóvenes que están por morir. Su manera de ser reflejaba simpleza, dulzura y una gran calidad humana. Nico es observador, calmo y generoso. Roman, un chico con una fortaleza y búsqueda interior, pocas veces vista en jóvenes de su edad. El piensa que el camino tiene que tener corazón y búsqueda y lo que más importa en el ser humano son los valores y la solidaridad entre unos y otros. Con tan solo 17 años había viajado durante dos meses por Ecuador, enseñando inglés en escuelas rurales y actualmente anhela conseguir un trabajo como peón en nuestro país para empaparse de la cultura sureña. Durante los tres días que pasamos juntos, compartimos comida, anécdotas y charlas que traspasaban el lenguaje y país de cada uno, incluso hubo tiempo para competencias internacionales. A falta de la play station los chicos se entretuvieron jugando a embocar piedritas en una botella.