Dejamos Cusco después de dos semanas de trabajo muy intenso de tarjeteros de boliche, bueno, fue una tarde pero fue muy intensa. Empujamos a la Westy por la barranca más cercana, ya que sobre los 3500 mts sobre el nivel del mar no puede arrancar por sus propios medios (padece de mal de altura, mal de montaña, soroche o como prefiera llamársele). Nos despedimos de los distintos amigos viajeros que dejábamos ahí pero sabiendo que los volveríamos a ver en alguna otra ruta, y pusimos proa al Norte para ir a Machu Pichu.
Hay muchas corrientes viajeras que sugieren no ir con vehículo propio hasta allá por el estado del camino y la lejanía, que conviene ir en bus y tren, lo que no sabe ninguna corriente es que la Westy se las vió con caminos mucho más arduos que esos y que nuestro bolsillo nunca resistiría el pago desproporcionado que pretenden los ventajeros operadores turísticos que invadieron Cusco y Machu Pichu.
En horabuena decidimos ir con ella, porque de haber ido directamente desde Cusco, no hubiéramos conocido otros lugares del Valle Sagrado que son dignos de visita. Obviamente, como se puede suponer, no teníamos plata para pagar todas las ruinas de la zona, entonces elegimos: la primera parada fue en las salineras de Maras, que como su nombre lo dice, es un lugar con grandes cantidades de sal. Estas salinas tienen la peculiaridad de ser aterrazadas, a diferencia de todas las que conocíamos, estas no eran planas y fueron hechas por hombres, apovechando las condiciones del río que baja por el valle. Una vez más, las personas que vivían en América antes de la llegada de los españoles, nos sorprendían con su capacidad, era un precalentamiento para lo que vendría.

Podrían ser varios terrones de azúcar apilados, o la mayor colección de rastris blancos jamás juntada, pero son las salineras de Maras, que desde hace más de 5 siglos fueron construidas por algún ingenioso pueblo prehispánico.

Señoras descalzas o con botas, procesan la sal con coladores, la amontonan, y luego algún hombre las embolsa y carga hasta arriba, así lo hacen desde hace mucho tiempo, tanto que no saben cuánto.
El sinuoso, verde y sagrado valle seguiría ofreciéndonos ruinas a nuestro paso, pero hicimos las vista gorda y le dimos derecho hasta Ollantaytambo. Este lugar de nombre difícil fue una verdadera sorpresa, no lo teníamos en cuenta más que para pasar la noche, por eso, una vez más, el destino fue el encargado de dibujar nuestra ruta y marcar nuestro ritmo, nos quedamos un par de días conociendo la última cuidad inca "viviente". Es que dicen por aqui, que es el único lugar que sigue habitado desde antes de la llegada de los ibéricos, y si uno da una vuelta lo podrá comprobar: las calles, las casas, las acequias,las personas, todo es igual que en las ruinas pero sin estar arruinadas. Afortunadamente los conquistadores no se ensañaron con Ollanta y hoy la podemos disfrutar.

Las acequias, estos conductos que distribuyen el transparente líquido por la cuidad, son las mismos que se usaban hace 600 años, y al final, Clara. Dicen: "Todas las acequias conducen a Claras".

La plaza, y atrás alguna que otra construcción de los Incas. Este pueblo tiene un encanto que no siempre es comentado por los que viajan por acá, porque no muchos pasan en el frenético camino a Machu Pichu, este espectacular poblado queda oculto, y es una picardía.


Hace mucho que no dormíamos en una plaza...

La foto fue sacada en 2011, podría retratar el interior de una puerta cualquiera, en un tiempo cualquiera.



Este es Rudy, un arqueólogo que hace de guía a los caminantes sueltos por Ollantaytambo, obviamente a cambio de un pago voluntario, como yo no tenía, se lo aclaré y recorrimos juntos los templos y construcciones con su explicación de lujo. Cada tanto paraba y hacía sonar el "pututo", que es un caracol muy grande que suena como el demonio, era algo religioso y me contó que el lo encontró ayudando en una excavación a los 12 años, ahí se dió cuenta qué quería ser de grande. Muy orgulloso estaba de aquel pututo, lo único malo fue que al sacarnos la foto de amistad al despedirnos, lo apoyó en el piso. A las 4 horas me lo crucé y me contó que lo había perdido.
Un lindo encuentro con un triste final.

Camino a Santa Teresa, última cuidad a la que se puede llegar con vehículo antes de Machu Pichu, trepamos a más de 4000 metros y así nos recibieron las nubes.

Ya más abajo, la Westy se transformó en transporte escolar e hicimos el pool, cuando querían bajar, lo decían, y frenábamos. No son los primeros que confunden la utilidad de nuestra querida camioneta, es normal que cuando levantamos a alguien al bajarse nos quieran pagar, pensando que somos un bus más. Le gente está loca..
Es muy difícil decir algo nuevo de Machu Pichu, este lugar es mega conocido y no debe haber persona que no haya visto más de cien fotos del lugar, así y todo, cuando uno llega, se siente realmente descolocado. Normalmente saco fotos de lugares increíbles que conocemos, y siempre, indefectiblemente, me desilusiono al verla en la pantalla, el resultado es siempre mucho menos que la realidad. La ciudadela sagrada de los Incas no fue la excepción, y esto es lo mágico que tiene conocerla personalmente.
La manera que este pueblo dominaba la piedra es algo que roza lo sobrenatural, por más explicaciones que se le busque, es imposible determinar con seguridad cómo lo hacían, cómo transportaban rocas de miles de toneladas, de un cerro a otro pasando por un valle profundo, después la perfilaban con una fineza tan extrema que llega a ser suave y la encastraban con otra sin que quedara ni un poco de luz entre ambas, es sólo una de las intrigas que dejaron, se pueden leer mil hipótesis, pero ninguna logra desbaratar el secreto, eran realmente genios. Tan superiores a cualquier otra civilización en el trato de la piedra eran que no es raro que se los subestime diciendo que fueron fuerzas extraterrestres las que en realidad construyeron esta inquebrantable fortaleza.

Ahí empezó la travesía, a las 4 AM ya estábamos caminando por las vías del tren, con llovizna, mucha oscuridad, y la valiente Clara, vestida de exploradora y lista para transitar uno de los momentos de mayor miedo en su vida. Si me adelantaba unos pasos escuchaba un canturreo atrás mío, ella misma buscaba darse un poco de valor, lo único que no entendí, fue cuál era la causa de tanto miedo, pero cuando la luz del día llegó pudo empezar a disfrutar.

Después de 3 horas de caminata y el colectivo más caro de la historia de 10 minutos, llegamos, ya cansados a este lugar descomunal. No es exagerado decir que cualquier esfuerzo vale para llegar y conocer Machu Pichu. Incluso la enorme cantidad de turistas que hay, no es suficiente para romper el encanto que tiene.

Templo de las tres ventanas, es uno de los tantos importantes que hay, y se puede ver la diferencia por la manera de poner las piedras, el tamaño y el encastre. Hay pierdas que fueron cortadas hasta llegar a tener más de 30 ángulos. Todo lo que se pueda decir es poco, verlo es una experiencia única.

El templo principal con sus altares y sus piedras perfectas. Cómo no contratamos guía, cada vez que veíamos algún grupo con uno, nos acercábamos y escuchábamos lo que podíamos, así fuimos entendiendo un poco para qué servía cada construcción.

Me paré ahí y adquirí esa extraña posición sólo para servir de referencia de tamaño de las piedras.

Si mal no recuerdo, esta es la sacristía.

Esta es la vivienda del conejo Juan.



Al lado del palacio real, había una horda de japoneses reales un poco ruidosos. Si se clickea la imagen se puede ver la cara de pocos amigos de Clari.

La foto más típica de Machu Pichu, no hay nada como verla ahí.


Camuflado entre las paredes del puente levadizo. Toda la cuidad esta rodeada de precipicios infinitos que la hacían infranqueable.


La puerta principal de la cuidad, para sacarle una foto sin turistas hay que esperar un buen rato.

La tumba real es algo difícil de creer, tallaron una roca así como se ve. Atrás se ve uno de los tantos nichos donde ponían los cuerpos de los nobles más importantes.
Es muy difícil transmitir si quiera un 5 % de lo que es realmente este lugar, lo mejor que se puede decir al respecto es que vayan, nadie se puede arrepentir.
¡Hasta la próxima!