...de Ushuaia a Alaska, allá vamos, porque a pesar de las diferencias, todos somos iguales.

jueves, 13 de junio de 2013

Algo hizo crack...

La casualidad es un tema recurrente en la vida de estos viajeros. Hoy en día se la socava en nombre de la declarada enemiga mía, la causalidad, que también algunos llaman universo, otros, cosmos, hay quienes Dios, o hasta incluso los más modernos, "karma".
No quiero volver a aburrir otra vez con mis intrincadas teorías anti causalidad y pro-casualidad, asi que a los hechos me remito.
Promediaba el apacible marzo californiano, cuando nuestro querido anfitrión Moisés nos regaló el primer teléfono que tuvimos en todo el viaje. Hecho de por sí insólito, y más aún que tuviera línea libre para llamar con gusto. Por los mismos días nos poníamos en contacto con un grupo de fanáticos de Westfalias que saben socorrer a cualquier propietario en problemas, y sólo por las dudas alguno nos pasó el número de teléfono de un miembro del grupo de algún rincón de California.
Los hilos se unen y la magia se desata en el momento más crítico que le tocó vivir a esta nómada pareja. Dejábamos kilómetros atrás para reunirnos con la familia de Clari cuando en algún punto entre San Diego y Los Ángeles algo en la dirección de la aguja de la temperatura estaba mucho más al Este de lo recomendable. Después de superar la extrema tensión que significa orillarse en esa marea de bólidos metálicos que es la autopista 5 que une estas dos urbes, de salir con el motor en ebullición hasta la primer salida posible, y de propinarle unos cuantos golpes firmes y sinceros a la pobre Westy, decidimos llamar (con el inusual teléfono con inusual crédito) al número de ese tal Mark que vivía en algún lugar a menos de 2000 millas a la redonda en el tercer estado más grande de EEUU.
A continuación la transcripción más fiel que puedo recordar de la conversación, para causar más impacto en el lector:
-Yo: Hi Mark
-Mark: ¡Si, quién habla? (La conversación se llevó a cabo en un ininteligible inglés por mi parte, el misterio más grande es cómo me entendió alguna palabra)
-Yo: Me llamo Joaquín, viajo con mi mujer Clara, desde Argentina, se nos quedó la camioneta en la autopista 5, me dieron tu teléfono los del grupo Wet Westys, no se dónde vivís, pero no tengo otro teléfono..
-Mark: ¿Dónde están exactamente?
- Yo: En la salida de Oceanside.
-Mark: Vivo a 3 minutos, esperame ahí.
Él es Mark, y al margen de la enorme casualidad que significa el hecho de que tuviéramos teléfono, su número y que la Westy decidiera decir basta justito ahí, el milagro más grande fue que esa persona fuera quien fuera. Mark tiene, al menos declaradas ante la mujer 10 Westfalias, es quizás una de las personas que más sepa en el mundo de este noble vehículo, encima tiene todos los repuestos que alguien pudiera necesitar y además de todo me enseñó a arreglar todo lo imaginable, menos el motor que obviamente arregló un mecánico.
Voy a enumerar algunas de las cosas sólo para sentirme orgulloso de todo lo que aprendí, consciente de que mi bella mujer me va a regañar por tan aburridos datos:
-Bomba de freno
-Pastillas, discos y cáliper de los frenos delanteros
-Bomba de embrague
-Alternador
-Cárter
-Semiejes
-Rulemanes
-Mangueras varias
-Bomba de dirección hidráulica
-Bajada de caja de cambios
Y más cosas que ahora no me acuerdo.
Así de sucio y de feliz terminaba cada día, muy cansado, pero muy contento de estar arreglando con mis propias manos tantas cosas. Cosas que creía que nunca en mi vida iba a ser capaz de hacer.
Y para probarla, salimos a dar unas vueltas por los deslumbrantes desiertos del sur de California, pasamos por pueblos que creíamos eran solo escenografías de películas amarillentas. Como Julian City, camino al desierto de Anza Borrego.
Para sentirse solo hay una receta infalible y es partir hacia el medio de esta tierra yerma, estacionar y dejar pasar un par de días. Este tipo de páramo, es contradictoriamente el lugar preciso para que florezca todo lo que uno puede estar ingnorando a fuerza de todas las distracciones que regala la cuidad. (Para el que mira rápido la foto y lee hasta el final del párrafo (usted es un poco raro), le cuento que nuestra Westy está arrinconada y mimetizada entre las espinosas plantas.
Y sí, hasta en el desierto la flor puede crecer.
Además de un rico crecimiento interior, a algunos el desierto les pega para otros lados. Después de caminar un rato aburrido, se pueden pasar horas intentando aparentar que escalan peligrosísimas paredes de granito, e incluso poner caras de gran esfuerzo.
Siguiendo por esta zona de tierras secas y áridas, fuimos a dar con la curiosa cuidad de Palm Springs, en otros tiempos refugio de estrellas de Hollywood y hoy en día un enorme oasis artificial de palmeras y centros comerciales. Desde arriba de una de las montañas que la rodea se puede ver como en medio de una infinita llanura amarilla, el desvío de unos cuantos ríos le da vida a esta cuidad que para protegerse del calor insoportable incluso en primavera, vive derrochando agua y aire acondicionado. En este lugar uno se puede hacer una idea concreta del desperdicio que implica querer fundar un pueblo en un lugar donde la naturaleza no tiene intenciones de permitirlo. Sinceramente, no entendimos cómo a alguna persona se le puede ocurrir venir a vivir a un lugar así, pero bueno... todo esto pasa mientras Clari le mira la bombacha a Marilyn.
Pero no toda la artificialidad nos choca, continuando el camino fuimos a parar a Pioneertown, un pueblo construido como escenografía para una película en la década del 40, en alguna zona perdida del desierto. Así como nació, permaneció durante más de 6o años. Hoy es un secreto turístico que cada tanto convoca a los más famosos músicos del mundo para tocar ante un puñado de gente, según ellos mismos, por la mística del lugar.
Y de nuevo la casualidad nos regaló otra muestra gratis ese día, como llegamos a la tarde y vimos que armaban un escenario, preguntamos. Ese mismo día tocaba Franz Ferdinand, una banda escocesa que andaba de gira por la zona y esa noche tocaba para sus 100 máximos fanáticos y nosotros dos.
El destino siguiente era el Parque Nacional Joshua Tree, más tierras áridas, pero esta vez salpicadas por el árbol de Josué, nombre que le dieron los colonos mormones bajo los efectos de vaya a saber uno qué sustancia al ver las ramas similares a los brazos del patriarca bíblico.
Ahí mismo descubrimos que la mayoría de los campings de los parques nacionales no tienen nadie que cobre la entrada, por eso los alegres acampantes ponen la plata dentro de un sobre y lo meten en un buzón. Así funciona y por lo visto bien, algo inimaginable en cualquier otro país que hayamos pasado.
Y la vuelta de prueba llegó a su fin con un éxito rotundo, todo perfecto, y ahí sólo volvimos a lo de Mark para bajar la caja de cambios para ver si los engranajes estában bien y de paso sacar las pérdidas de aceite.
Así llegamos al fin de la visita a lo de Mark y Anne, obviamente las palabras de agradecimiento por tanta ayuda nunca fueron suficientes, pasamos 15 días desordenando su rutina y engrasando todo a mi paso.
Ellos vinieron a desmoronar de un soplido la idea de que la mayoría de los estadounidenses son fríos e individualistas, toda la ayuda incondicional a dos desconocidos habla por sí sola.
Por eso vamos a estar eternamente agradecidos nosotros dos y sobre todo la Westy que no sólo tuvo su merecido paso por el mejor spa del mundo sino que también pudo vivir rodeada de sus congéneres como nunca antes en su vida.
Se acabaron los arreglos pero no los desiertos, y por desgracia, menos el calor. El termómetro del Parque Nacional Death Valley (Valle de la muerte) marcaba 40° C y prometía seguir escalando. Me animo a decir que el nombre no se debe a ningún eufemismo, el sopor que produce el bochorno del lugar, es lo más parecido a la muerte.
La mayor parte del valle está por debajo del nivel del mar, y en el fondo se llega a los 83 metros por debajo. No corre la más mínima brisa y el aire pesa sobre los hombros como en ningún otro lugar del continente.
El cartelito sobre las rocas indica el nivel del océano, y todo lo hizo la nueva Westy, el único vehículo que se atrevió hasta esos confines del infierno SIN aire acondicionado en los últimos 20 años.
Después de llevar nuestras anatomías a tales condiciones, nada podía ser peor, y mucho mejor fue el área de descanso que encontramos vacía para nosotros. En la mayoría de las autopistas del país existen estos lugares perfectos para los viajeros de exiguo presupuesto. Baños, mesitas y agua potable. Demás esta decir que descansamos más de las 8 horas permitidas, estuvimos ahí unas 36, que incluyeron ducha en canilla de alta presión y todo.

Después de tanta soledad, de tanta lejanía de toda comodidad, la contradicción máxima se nos hacía presente sin aviso previo. Las Vegas, "la cuidad del pecado" aparece en medio de la nada misma con su inconfundible silueta llena de provocación.
No cuesta nada imaginar por que se asocia a este punto del mundo como el lugar del pecado, las luces, el derroche, la oferta sexual a toda hora y prometiendo la mínima demora, el juego, el alcohol, las drogas, los autos del futuro, las limosinas y los homeless parecieran ser las premisas de la cuidad.
Es impactante y hasta divertido, pero no se puede parar a pensar si uno no quiere deprimirse y preguntarse qué pasó con el ser humano, y menos aún encontrar una respuesta con algo de esperanza. Las Vegas, o te dejas llevar, o te ponés a llorar.
Mujeres enjauladas distrayendo a los apostadores para exprimirles hasta el último centavo.
No vaya a ser que varias horas de juego le hagan doler la cintura y el cliente se vaya a descansar, no señor, vaya y hágale masajes para que pueda jugar todo el tiempo que quiera, llévele comida, tragos, que no se pare, dígale que va a ganar.
Michael no murió, es croupier en una mesa de black jack.
Y si, el moralismo tiene un límite. Nos dijeron: "Si te sentás en una maquinita te traen algo para tomar". No se diga más, los intransigentes viajantes cedieron y jugaron unas monedas con la ilusión de quebrar al casino y así lograr un mundo mejor, con menos salas de vicio.
Como no podía ser de otra manera, en Fremon Street, está la pantalla más grande del mundo. 300 metros de lcd, y recitales cada una hora. Es imponente, en esta calle se ve de TODO, japonesas dejándose tocar por stippers, hombres disfrazados de robots o súper héroe, ancianas confianzudas, ventrílocuos, contorsionistas, bailarinas semidesnudas y ningún niño.
Ah, y restaurantes que prometen mandar al comensal directo al hospital, o mejor aún, que son atendidos por enfermeras para el eventual ataque al hígado que puede provocar las hamburguesas que se jactan de contener el mayor colesterol concentrado por gramo hasta la fecha. Capusoto no inventó nada.
Pero no todo es vicio en Las Vegas. Fuimos a comprar yerba a El Rincón de Buenos Aires, y todo cambió.
El restaurant era de un argentino y se lo vendió a René, la sonriente dominicana que aparece junto a nosotros y Mariano, el típico bueno mozo argentino. Volvimos a comer las mejores milanesas napolitanas, empanadas, dulce de leche y sobre todo, ahí conocimos muchísima gente que nos ayudó comprándonos postales para seguir el viaje.
Acá estamos con Sergio, como tantos otros, nos ofreció su casa para ir a dormir mientras estuviéramos en la cuidad, y estábamos tan cómodos que no solo no nos íbamos cuando debíamos sino que también pasamos a ser los ocupas mejor tratados de la historia de Las Vegas. Noches de fernet y habanos, también con César y David. La verdad es que nunca esperamos conocer tanta gente que de alguna u otra manera nos apoyara en Las Vegas. Por estas razones, esta cuidad no va a ser nunca más para nosotros la cuidad del pecado si no todo lo contrario.
Además de todo Sergio me dejó manejar su Camaro, no le pudimos pedir más a Las Vegas, nos fuimos con el corazón más contento que nunca, a encontrarnos con nuestros amigos viajeros en el Gran Cañon de Arizona.

Y para despedirnos, les dejamos una foto ecléctica de las tantas que nos sacamos esos días. Acá con la agrupación tradicionalista boliviana y un grupo de argentinas bartenders.
Pero hasta aqui llegamos, el resto, el reencuentro con los amigos será para la próxima.
Y después de una entrada tan larga, y si el lector llegó hasta acá: ¡LO FELICITAMOS! y se ganó un premio, demuéstrelo y comenté aqui debajo, le haremos llegar el reconocimiento vía Fedex.

lunes, 27 de mayo de 2013

Estados Unidos, el primer acercamiento

"En el muro que divide América del Norte de la del Sur hay un agravio, una cicatríz, algo incomprensible. El pavor a lo oscuro y a lo distinto está en la ideología americana. El hecho de que hayamos tenido que vivir toda la vida con eso no lo vuelve menos atróz". Estas son las palabras de la escritora colombiana, Laura Restrepo, al referirse al muro que divide México de Estados Unidos. "Es el muro de los prejuicios frente al que es diferente". 
 Pero el muro no solo divide a los mexicanos de los estado unidenses, también lo hace entre argentinos y bolivianos; entre ticos y nicas,  peruanos y chilenos; la diferencia es que este muro de cemento es evidente, concreto, está ahí, a la vista de todos,  e intentar atravesarlo le cuesta la vida a miles de latinos que día a día arriesgan hasta lo que no tienen para entrar al sueño americano. Es impactante. La frontera Tijuana- San Diego es la más transitada del mundo entero. En el imaginario social de muchos, de un lado está "el peligro, el caos, la muerte, la barbarie" y del otro, "el orden, la seguridad, el progreso, el sueño, la civilización". 

Un bombero de Ensenada, México, nos lo había anticipado: "En Estados Unidos todo se hace en pos de la seguridad nacional. Eso es lo primero que importa". Y el amigo tenía razón. Los trámites para entrar al país instantanemante te quitan las ganas de hacerlo. ¡Si hasta uno se convierte en el principal sospechoso de uno mismo!. "Mmm...No. Nunca robé ni mate...¿o sí?. ¿Y si robé y maté y no me acuerdo? Uy! Mierda, acá me agarran. Cuando tenía 3 años le robé a mi hermanito su Jack, ¡es que venía con la sorpresita adentro!. ¿eso es robar o está caratulado como "juego de niños"?".

A pesar de la controversial opinion que uno pueda tener sobre Estados Unidos (para algunos la postura es tajante: se lo ama o se lo odia), entramos decididos a deslindar nuestros propios prejuicios sobre el país. Y apostando a la misma sinceridad de siempre con la que escribimos sobre nuestras andanzas (siempre subjetivas), vamos a intentar transmitir con honestidad y respeto cada una de las historias que de ahora en más surjan.

 PD: Tenemos la leve sospecha (y por eso queremos aclararlo), que el gentil ciudadano estadounidense piensa que nuestro blog "por América andando", se llama así por su país. Nos referimos a América cuando hablamos de TODO el continente americano. Aclarado el asunto, ahora si...¡A viajar por Estados Unidos!
Bueno, hasta aca mi querida mujer era la que escribía, pero un cúmulo de sensaciones encontradas y la imposibilidad de encarrilar su pasional opinión sobre este extraordiario gran país, hacen que la tinta que siga saliendo provenga de mis manos y no de las suyas.
 
  Todo empezó, como debe ser, de la mejor manera que hubiéramos imaginado. 
En rigor de verdad, la dicha tuvo su lugar después de un día y medio de desventuras migratorias. Cruzar la frontera más transitada del mundo no es cosa de chicos. La espera puede alargarse hasta varias horas, el calor puede llegar a ser insoportable y la incertidumbre ante la falta total de indicaciones concretas puede ser exasperante. Pero, como todavía gozábamos de la flexibilidad humana de los agentes del orden, pudimos hablarles y nos ayudaron a pasar casi sin espera las tres veces que por error tuvimos que cruzarla.
Por suerte, o por buen karma (como empezamos a escuchar por estas latitudes que se llama al azar), los policías estadounidenses nos trataron con tanta amabilidad que algunos de nuestros prejucios comenzaban a caer.
Después del primer día de tediosos trámites, decidímos ir a hacer ver la Westy, por primera vez en todo el viaje, por alguien que fuera ducho en sus artes. La llevamos a un especialista en VW Westfalias Diesel. Obviamente, esto vino con sus efectos colaterales, no le encontró prácticamente niguna parte funcionando satisfactoriamente. Ante la inminente visita familiar, decidimos internarla (sugerían cambio de motor) después de que se fueran.
Mientras tanto, y ahora sí van las buenas, conocimos a Moisés, me animo a decir, lo mejor que nos podía pasar en los primeros días en Estados Unidos. Como si nos conociera de toda la vida, nos abrió las puertas de su casa y disfrutamos de él y de la tranquilidad hogareña que tanto necesitábamos por unos días.
Joaquín y Klilean (supongo que así se escribe, o por lo menos así suena) inseparables en sus días de ocio.
  
Paseando en la Bahía de San Diego, donde monumentales bicicletas aplastan sin más a los insignificantes automóviles.
Como podrán suponer, o no, este país es uno de los que más incógnitas tenía para nosotros. Se saben muchísimas cosas, pero todas a través de las películas, las modas, hasta las noticias, pero obviamente, otra cosa es verlo con nuestros propios ojos. De antemano teníamos un millar de opiniones, casi ninguna bien fundada, y ahora que estamos adentro, tratamos de evitar cualquier comparación inservible.
Es cierto que acá el orden es serio, que todo tiene su lugar, y casi todo funciona bien, las señales de tránsito son respetadas, y hasta pareciera que la gente cumple las normas sin necesidad de que se las exijan. Pero de acá es donde nace nuestra sensación de ser observados, y como en un delirio persecutorio, los primeros días no nos animábamos (más quién escribe) ni a cruzar la calle si no era por el lugar correspondiente aunque no viniera nadie. Acá, en el país de la libertad, por primera vez nos sentimos más controlados que nunca, un control tácito que por ser así, se hace mucho más imponente, omnipresente. No se ve pero la gente repite permanentemente lo que ocurre si uno transgrede la ley, los carteles rezan multas uno tras otro,  las publicidades advierten y
los seguros médicos anuncian atrocidades irreparables para quien no los posea,. El miedo es el mandamás, y todos parecen actuar respondiendo a él, como si de un gran fantasma se tratara. Es por eso, y sigo hablando de sensaciones obviamente subjetivas, que sentimos que la gente no se involucra mucho con el que camina a su lado, y no lo digo metafóricamente, sino de manera literal.  Las personas generalmente no tuercen el cuello para ver lo que pasa al costado. Días atrás vimos como un chico aprendiendo a manejar se montó sobre un cantero de una manera inverosímil, y cuando instintivamente me acerqué a ayudarlo, muchas voces a la vez me adviertieron la cantidad de riesgos que asumía al ir en su ayuda, darle un vaso de agua y llamar a la grúa. Todo, en nombre del miedo. 
En fin, existen mil y un aristas más para analizar de este país, pero supongo que ninguna idea será muy original e incluso pocas sean constructivas, por eso me voy a limitar a contar como fueron los primeros días en estos suelos, y por supuesto, agradecer la hospitalidad de su gente, como Moisés.
Mucho mejor, agradecer a los nuevos amigos y sus hurones.

 Ante la crisis mecánica de nuestra querida camioneta, y con la sentencia del motor consumada, el recorrido californiano con la familia de Clara tuvo que cambiar de modo. La Westy se queda en el taller y nosotros a meternos en la enorme casa rodante, aunque a la luz de los hechos, no suficientemente grande para tantas personas. Pero como el entusiasmo sobraba y tengo que decirlo a riesgo de parecer un adulador, me tocó en suerte una familia política demasiado buena como para tener algún problema, asi que todos juntos, los 7, a pasar unos increíbles 10 días apretujados cual sardinas en su lata.
 Con ustedes, la apodada "Happy Camper", que pese a su modernidad y tamaño, supo darnos algo del espíritu "Westy" que tanto extrañamos.
Después de una caótica salida de Los Ángeles, fuimos a parar al famoso Parque Nacional Yosemite, y como en este país es organizado hasta el campamento, no pudimos encontrar  lugares libres para acampar, y nos tocó pasar nuestra primer noche en el estacionamiento.

(A continuación, Clara toma la posta de nuevo, recuperada de su fluctuante frenesí)
Algunos ya lo saben. Con verguenza debo admitir que la única capaz de decirle NO a Tobías es mi hermana Rocío (la que una vez me salvó la vida de un funesto rafting). Sin embargo, con alegre altivez, también puedo decir que contadas son las veces en las que hay que decirle NO (dos o tres quizás) y justo, justito, este es uno de esos momentos. Joaquín mira a su cuñada con sumo respeto, mientras la bruja (si Rocío, sos una bruja nena, ¿cómo vas a hablarle así?), le explica una y otra vez que NO se- puede- transformar- en- niño -momia porque la policía estadounidense es de lo más vivaracha y nos pueden poner una multa por andar asustando al temeroso ciudadano Kane.
Los juegos se sucedían día tras día, y también la descarga de detritos a cargo del yerno, ante la atenta supervisión del suegro.
Entre la espada y la pared.
Yo nunca supe si en la cabina de conducción mi padre, como Robert de Niro, en realidad no tenía un centro de control y análisis de la información sobre su querido yerno.
San Francisco es única como ciudad, mítica, de ensueño. Casas victorianas de película, parques repletos de flores amarillas, arte culinario, museos de vanguardia, una ciudad cosmopolita; el destape gay, la liberación como manera de ser. El asombroso Golden Gate Bridge. Chinatown, Little Italy, sobreviven a pesar de todo, manteniendo su cultura, vivas, para disfrutar y caminar. En Chinatown es obligatorio tomar una galletita de la suerte y leer su mensaje. Pero claro, como en toda ciudad del mundo, también se observan constrastes y creo que, a esta altura, ya puedo esbozarme una vaga idea sobre lo que en este país significa ser un marginado. En el resto de los países de América, los alineados son los pobres, carentes de oportunidades en educación, salud y cultura. Pareciera ser que los excluídos acá, en cambio, son las personas que no lograron adaptarse al sistema de país o que, de tanto hacerlo, se volvieron adictos a la droga, al alcohol o hasta lo perdieron todo por haberse endeudado de pies a cabeza con su aseguradora médica "de confianza" (pero de este tema vamos a escribir más adelante).
Lo cierto es que estamos en San Francisco y justamente esta gran cantidad de matices es lo que la hace ser tan interesante, humana y artística.
Es inevitable que mi cabeza vaya y venga de acá para allá, evocando recuerdos, imágenes, personas, huellas. De las ruinas de Perú, a la Sierra Nevada de Colombia; de la selva costarricense al cañon de Somoto, en Nicaragua. De los comentarios graciosos y frescos de Juliancito, en Marsella, a los chistes de mi hermano Tobías. Entre el salpicón de recuerdos y aprendizajes, aterrizo de nuevo en San Francisco. En sus rasca cielos y edificios modernos.
 Con mis hermanos queridos. Amigos y cómplices (por ser hijos de nuestros padres. El señor que se ríe arriba es mi progenitor masculino y la señora de zapatillas grandes es mi progenitora femenina). En la foto de abajo, a la derecha, Rocío. (Sospechamos que tiene habilidades innatas para lo masculino, como prender fogatas, ser adicta a la conducción en ruta, entender a la perfección los mapas o el sentido viso-espacial del mundo); Delfina, la que animó con sus personajes las noches de frío familiares y nos deleitó con su hit campestre: "¡Soy acampante, de corazón, y acamparé, con ilusión!" (repetir 3 veces). Tobías, el rey de la familia (a quien orgullosamente le han puesto brackets o los clásicos aparatos fijos) o "el Niño Momia" (por pasarse las horas de ruta envuelto en una sábana blanca, mirando a través del vidrio con el ahínco de quien busca asustar a los pasajeros de los autos que pasan. Todo esto hasta que un gordinflón le hizo tamaño flor de Fuck You).
  ¡Y de la presentación formal de mis lindos hermanos, a la presentación formal de los famosos árboles gigantes o las sequoyas, que llegan a medir hasta 30 pisos de altura y son anchos como una ruta de dos carriles!
¡Increíble pero real!
 
Lo que quiero a mi mamá supera el alto de todas las sequoyas juntas (más alto que el cielo entonces).
 
¡Fuego listo para unas costillas de cerdo!
Pshhh, Rocío, ¡dejá de negarle cosas a nuestro hermano!. ¡Si, te agarré de nuevo, no me lo niegues!
 
Típica situación encapsulada, no apta para claustrofóbicos, hijos adolescentes que descubren lo peor de sus progenitores humanoides o hermanos que se llevan de los pelos. 
(Si tu intención era llegar al baño, debías atravesar una serie de obstáculos, también llamados parientes de sangre, a quienes seguramente durante los primeros días te los llevaras por delante. Pero...pero, con el correr de los días, uno iba desarrollando cualidades sobrenaturales que incluían movimientos fugaces, veloces, ¡sorprendentes!, y sin tirar un solo bolo (perdón, pariente de sangre), lograba llegar al minúsculo baño compartido para 7.
En Beverly Hills, Los Angeles, se puede pagar un tour para conocer las mansiones de las estrellas. No se engañe, querido lector. La dama de la foto no está reflexionando sobre la vida, la muerte y la filosofía tibeteana,  más bien contempla la siguiente utopía  -Quizás, si al llegar a su puerta me arranco el sostén de un solo manotazo y se lo lanzo como un proyectil a la luna, quizás ahí logre llamar su atención. En ese momento, entonces, debería gritarle todo lo que tengo para decirle: ¡Brad Pitt, te sigo esperando!,  ¡El Arbol de la Vida es chotísima!, ¡En 7 años en el Tibet te parrrrto al medio! ¡No, ¿qué decís?! ¡¿De donde sacaste que tengo marido hace 30 años?! ¡Te estarás confundiendo, Osvaldo es el plomero!-
Los Angeles no solo es la ciudad de las mujeres adictas a la depilación de cejas finas, o de las publicidades compulsivas de blanqueamiento de dientes. Tampoco es exclusivamente la tapa de una revista cholula. En Los Angeles conocimos uno de los museos de arte más sorprendentes de todo el viaje: El Getty Museum, perteneciente a un hombre del mundo del petroleo, que de tanto amar el arte y coleccionarlo, construyó este increíble centro. Las pinturas, esculturas y fotografías no son lo único por lo que vale la pena visitarlo. El diseño arquitectónico en sí mismo es otra obra de arte.
(Hermano, te dedico estas dos lindísimas pinturas. Manet y Van Gogh).
Una vez más comprobamos que la belleza vive en todos lados.