Entrar a Bolivia, salir de Argentina, fue un momento, un instante realmente fuerte. Digo un instante porque pasada la frontera (y unos minutos de adaptación en suelo boliviano), nuestro ritmo cardíaco volvió a su normalidad. Además, de alguna manera, nos sentimos una especie de embajadores de nuestro país, creemos que al pasar, dejaremos la idea de lo que es un argentino a mucha gente y eso se transforma en una linda responsabilidad.
Sabíamos que terminaba una etapa, no más visitas (por un tiempo), distintos códigos. Nos decían que la gente en el país vecino era muy hosca y resguardada; que la comida, si teníamos la suerte de conseguirla debidamente higienizada, era horrible; que el pan era intragable; muuuucho cuidado con el agua; las rutas, in tran si ta bles, les conviene irse hasta Brasilia, pegar la vuelta por Suriname y de ahí tomen un barco hasta Perú y recién ahí manejen hasta La Paz, la camioneta se les va a desarmar.
En fin, nada de los que nos decía la gente era como lo decían, nos preguntamos si todos esos consejos vinieron de gente que había conocido el país de don Evo Morales o hablaba por hablar, pero la cuestión es que nos encontramos con muchísimas sorpresas, de las buenas. En primer lugar, las rutas no son tan malas como decían, es cierto que hay tramos de ripio en los que hay que dejar que la aguja del tablero esté casi acostada, pero lo mismo nos pasó en varias partes de la Argentina, llegamos a nuestros destinos sin mayores problemas y la Westy no se desarmó. La gente: no terminamos de entender el porqué de la “mala” fama de los bolivianos, comprobamos que si uno se acerca con respeto son tan amables como cualquier argentino medio, los hay más callados, los hay más habladores, pero de ninguna manera podemos pensar que el boliviano es corto u hosco, esta generalización es bastante limitada y seguramente sea así por falta de voluntad y algo de actitud altanera, que desgraciadamente, muchos de los argentinos tenemos. De la comida podemos decir que se puede comer perfectamente en cualquier lado a donde se vaya, puede ser que a los impresionables, la higiene de los mercados callejeros no los convenza, pero siempre se puede encontrar algún restaurante en impecables condiciones para comer del más variado menú. Podría seguir aburriendo con todos los mitos que cayeron de Bolivia, pero la conclusión que sacamos es que cuando uno escucha hablar de un lugar, lo más probable es que uno no vaya a pensar lo mismo que le dijeron, entonces, mejor conocer por uno mismo. Por suerte, el rumor de que el país es bastante más barato que el nuestro, era tan verdadero como que me llamo Carlos… chiste, Joaquín.
Al llegar de noche a la frontera, esta fue la mejor placa que pudimos tomar del cartel de bienvenida, hubiéramos querido uno más lindo pero e` lo qui hay.
Llegamos a la cuidad fronteriza de Bermejo, que metía miedo por lo caótica, lo sucia y lo oscura, buscamos desesperadamente asilo en los bomberos, como no había (no sabíamos que había ciudades sin ellos), acudimos a una iglesia, “Estos no nos pueden dejar arafue” pensamos, pero sí, nos atendió un español mala onda que nos dijo que todo su estacionamiento seguramente iba a ser ocupado, todos los españoles son ortivas (Ja).
Terminamos durmiendo en un hotel con insipiente olor a humedad mezclada con orín y comadreja taiwanesa. El panorama no era muy alentador y por eso dejamos el reconocimiento del poblado fronterizo para alguna otra vez.
Seguimos rumbo a Tarija volando por rutas descomunales, con una vegetación y unos ríos que invitaban a parar y quedarse a cada paso, invitación a la que desistimos por la ansiedad de seguir viaje, tan poco paramos que no sacamos ni una sola foto.


