...de Ushuaia a Alaska, allá vamos, porque a pesar de las diferencias, todos somos iguales.

domingo, 17 de abril de 2011

¡Vamos carajo!

Superarse no es tarea fácil. Supongo que cada uno de nosotros sabrá para sus adentros cuales son aquellos límites que si logran ser traspasados producen una satisfacción que no puede ser muy bien explicada, pero deja ese gustito de…¡Vamos, carajo, lo logré!. Bueno, algo de eso me pasó estando en El Chaltén. Mis límites, en este caso, tienen que ver con cuestiones de índole “deportiva”. Los que me conocen saben muy bien a lo que me refiero. Durante toda la época escolar pertenecí al “Grupo C” de educación física, el más pobre nivel. Esta asignatura fue para mí un suplicio. Mientras observaba a las chicas de mayor rendimiento físico gozar con las clases de hockey, sudar el cuerpo y terminar la hora con la cara completamente roja pero con una sonrisa que lo decía todo, para mí significaba, después de las clases de química, la peor de las torturas. Fiel al estilo de colegio católico, algunas de mis compañeras utilizaban estrategias que a la hora de correr 7 vueltas, les resultaban beneficiosas para sentir que el tiempo transcurría más rápido. Rezar el Ave María o peor aún, el rosario, parecían ser las mejores recetas (yo nunca entendí como se reza el rosario, es muy rebuscado). Mientras las chicas “A” eran agasajadas por las profesoras de gimnasia con tortas, sandwiches y refrescos al finalizar la jornada, las del Grupo C debíamos soportar los gritos y casi maltrato de estos mismos seres mal llamados “profesoras” . Frases como “¡Sos un robot!” o "¡No se hagan las modelitos!" se oían a una distancia de casi 10 kms. Una de mis compañeras de grupo siempre terminaba llorando. Durante esa etapa llegué a envidiar a aquellas compañeras que tenían un médico en la familia. Tan solo pensar que podría llevar un certificado con firma profesional que constatara mi imposibilidad para realizar actividad física me generaba alivio. “Mediante el presente certificado dejo constancia de que la paciente Clara Oyuela NO puede realizar actividad física durante todo el mes de agosto. Acaba de salir de una operación muy riesgosa. Firma: Doctor Cabrera”. Pero eso nunca sucedió y aunque intentara falsear mi estado de salud, las profesoras siempre me mandaban a correr las 7 vueltas, tirar jabalinas o saltar vallas cual caballos. En fin, supongo que ante esta triste introducción podrán anticipar el relato que se aproxima...


Con el reflejo de este lago, la madrastra de Blancanieves o el principe que se convierte en sapo se harían una panzada. Pero el más bonito de este pueblo es...¡El Fitz Roy!

Observen. Ahí están el soldado Ryan (por su nuevo corte de pelo) y Pachu, listos y motivados para una caminata por la montaña que durará 7 horas. Cuatro horas de subida, una hora de contemplación en la cima y dos horas finales de bajada. El orgullo no me permitía aceptar lo duro que sería para mí ese objetivo. “Vamos, buenísimo, me encanta” les dije. Sin embargo, la sensación interna fue de total regresión hacia la época de secundaria. ¡Grupo C, vamos carajo!

La hora de largada llegó. Mochilas, protector solar, anteojos, agua y buen calzado. El trayecto comenzó y mi objetivo (ellos no lo sabían), era controlar la respiración. Recuerdo que durante las 7 vueltas lo que primero me dolía era el bazo, a causa de una mala circulación del aire. Es así como Joaquín y Pachu, en plena subida iban charlando de temas tan amplios como profundos. Que la flora de acá y la fauna de allá. Qué los fósiles esto y que Darwin y su teoría de las especies lo otro. Yo, por mi lado…inspirando, exhalando...

¿Ven lo que les digo? Joaquín y Paz hablando de la flora y la fauna. Yo, aprovechando para tomar aire con la excusa de retratarlos.

¡Espérenme! ¡Yo también se algunas cosas de Darwin que pueden interesarles!


Intenté sacar de la mochila algunas de mis mejores herramientas que me ayudaran a subir esa montaña en mejores condiciones. ¿La psicología? Mmm, no. La tiré. La relación con mis padres nada tiene que ver con subir una montaña. ¿El teatro? Descartado. Ni en las clases de gimnasia me sirvió para que las profesoras se creyeran que estaba enferma. ¡Ya se! ¡El canto! Tan mal no canto. No Clara. Esto no es una peregrinación a Luján. Para qué…ninguna de las armas que creí me ayudarían fueron útiles. Sacudí la mochila, hasta que los sándwiches que llevábamos para comer arriba, me sacaron la lengua y mostraron su cara más sincera y cruda (aunque fueran de cocido y queso). Para subir esa maldita montaña solo necesitaba la cabeza y las piernas, que por más flojas las tuviera, eran las únicas que tenía. Así fue como durante varios minutos me la pasé discutiendo con mi propio yo, hasta que finalmente me dije a mí misma “O le ponés actitud o te bajan de esta montaña de a cuatro”. La segunda opción hubiera sido realmente humillante. ¿Sin haber cumplido los 30 años alguien me bajaría de una montaña de 1000 mts de altura?. ¡Eso nunca!. Les puedo asegurar que, repentinamente, mi cuerpo comenzó a sufrir una transformación sin precedente alguno. Como por obra de magia, el espíritu de aquellas compañeras de colegio todo terreno me tomó por completo y no solo subí y bajé la montaña, sino que hasta hice algún que otro chiste al regresar. Era toda una chica Grupo A…


Nosé porqué el soldado Ryan tiene esa cara seria si estaba muy contento. Mi cara, en cambio, es coherente con la manera en que viví el trayecto.

Algunos aprecian llegar, otros el camino.

Lo que nunca pude saber es si aquellas amigas con cuerpos de acero, tras mucho ejercicio, sentían las piernas estallar, como me pasó a mí, al punto de caminar como un auténtico cowboy del lejano oeste. O si los dolores de cabeza, producto de la deshidratación, las invadió durante días, generándoles sensaciones nauseabundas, como también me sucedió. Sin embargo, a pesar de los bloqueos que sufrió mi cuerpo durante esos días (peor que el que sufre Cuba hace 50 años), puedo decir que la sensación de superación no la cambio por nada. Haber sido, por apenas unas horas, una chica A me dejó ese gustito del “nosequé”, expresado solo en un ¡Vamos carajo, lo logré!


Parada extendida en El Chaltén

La resistencia del viento que nos impedía llegar a El Chaltén, haciendo que tuviéramos que rebajar cambios y pedirle a la Westy que se agachara para poder avanzar, parecía una especie de derecho de admisión que debíamos pagar para entrar, que una semana después, esa energía eólica se transformaría en otra sin nombre para resistir nuestra partida. Es que nuestra idea de pasar un par de días y seguir se convirtió en una pasada con muchas cosas para quedarse.

Pachu ya pensaba que no iríamos, con la temporada tirando la toalla y el clima volviéndose más hostil que de costumbre ya había descartado la idea. Por eso cuando vió nuestra camioneta pasar por su puerta y el cartel que dice "De Ushuia a Alaska", primero pensó lo bueno que sería hacerlo y después reaccionó dando unos buenos saltos y abrazos.

Manu el novio es escalador y guía de alta montaña, y como ninguno de los que había conocido de esa raza antes, él es mucho más humilde que todos. Seré un poco prejuicioso, pero la mayoría son muy cancheritos y se jactan sólo por trepar una pared de 15 metros. Para enterarnos de que Manu había escalado el Aconcagua y el Fitz Roy entre tantos otros picos imposibles para el resto de los mortales hubo que hacerle entre mil y mil dos preguntas.

Así fue como también me llevó a escalar una pared, ahora si de 15 metros, que fueron suficientes para pegarme un buen cagazo, estaba atado y asegurado por un profesional y su novia, pero estar a esa altura prendido de unos pequeñísimos zapatos y de un racimo de dedos, es unicamente para hombres temerarios. Aca tuve la oportunidad de redimirme del episodio de las cadenas, y trepé dos rutas que según los expertos eran nivel 5 más o menos, los que solemos andar por terrenos más horizontales que esos, créanme, da miedo.


Preparándonos para la acción, el can que por allí anda sólo escala hasta nivel 4.


Manu explicándome la medida de algo, en este caso parece más presumido de lo que conté arriba, pero es realmente humilde y no estoy seguro que estuviera hablando de lo que piensan.. Mal pensados.


Esta es Pachu arriba de todo, ella también se da maña en estas artes como verán.


Para este caso recurro a la credibilidad que los ocacionales lectores puedan tener en mi, el tema es que yo realmente subí hasta arriba de todo, no sin esfuerzo. Pero lamentablemente, el documento fotográfico no lo registra, hubo ciertos malos entendidos con la encargada del asunto, que algún que otro reproche recibió luego. En fin, la imagen no lo demuestra pero el que quiera creer que crea, yo subí hasta donde subió Pachu.



Al día siguiente, como entrenamiento para lo que vendría, subimos con Clari a una pared desde la que se ve el pueblo desde bien arriba, aca no había que escalar pero si caminar muy en subida.







Desde ahí abajo hasta acá arriba caminamos, todavía me acuerdo de los resoplidos de mi compañera, cada tanto me daba vuelta para comprobar que no fuera un equino lo que me seguía de cerca, es que el sonido del aire saliendo por sus fosas nasales era muy similar.







Nuestra amiga se pasó, nos dió las llaves de su casa, nos hizo sentir que era también nuestra, tanto que aca por ejemplo, ella está trabajando en la carpintería de su hogar mientras nosostros nos mecíamos en la hamaca paraguaya en sun interior, gozando del calor y de unos mates. (Nótese que la chica tiene un cinturón para colgar herramientas, no se ven de estas a menudo en Buenos Aires)













Camino al Lago del Desierto, nos encontramos con un valle de color inédito, la pegamos con la época del año, no hubo ni mucho viento ni mucho frío y encima todos los árboles empezaban a ponerse el traje de moda otoñal, se viene el colorado. Desde Milán y París vienen en otoño a la Patagonia para ver que color se pondrá la próxima temporada.





En este caso estamos estrenando la parrillita portátil que hasta el momento sólo había sido útil como pandereta insoportable en el fondo de la Westy, valió la pena traerla, asadito, río, bosque...








Clari se está volviendo una aventurera de temer, mírenla pasar por ahí para comprobar.











Lo dije, mírenla en este puente, si hasta se animó a bailar sobre el. Esta chica es muy valiente.



Clari evangelizando, lleva su palabra hasta los confines de nuestra tierra, aquí va por el paso número 3, los que saben dicen que una vez pasado este, la feligresa ya está adentro. (De cerca mira y juzga el novio escandalizado)









Los cinco antes de la retirada, Manu, Pachu, Joaquín , Clari y Coco.
Como si ellos nos estuvieran agradecidos a nosotros, estos dos se pasaron nuevamente, nos invitaron a comer a un restaurant la última noche (Lujo inédito para los viajantes económicos), y antes de irnos, nos regalaron una pluma de cóndor que tenían como preciado tesoro. Muchas muchas gracias por todo amigos.

martes, 12 de abril de 2011

Nevada de verano

Nuestro siguiente destino no era nuevo para nosotros, al Calafate habíamos ido en nuestro primer viaje juntos. Como nos habíamos quedado con las ganas de estar más tiempo contemplando el gigante de hielo decidimos repetir y ver si podíamos conocer algo más, fue una buena decisión que comprobaríamos más adelante.

La llegada por vía terrestre fue la primer buena diferencia que encontramos con nuestra visita anterior, la llegada en avión es muy linda pero entre tanta estepa uno no puede distinguir lo variado del paisaje, esta vez, desde Río Gallegos y a bordo de la Westy nos encandiló la llegada desde las montañas cercanas. Empezamos bien.


La llegada a Calafate, el viento huracanado no se ve mucho en fotos.


A penas pasamos por el centro de la cuidad y fuimos al Lago Roca que queda camino al Parque Nacional, acortábamos camino para el día siguiente y de paso íbamos a dormir a un lago. Ya en el camino nos acompañaba una llovizna helada, que se hacía sentir, pasamos la noche con el sonido incesante del agua cayendo y gracias a la confortable Westy no sufrimos el frío en lo más mínimo, con todas las cortinas y las mantas térmicas en las ventanas ni si quiera nos dimos cuenta de que ya era de día (Nos pasa siempre) y nos despertamos como a las 11 de la mañana. Acobardado por el frío que me esperaba fuera de la bolsa de dormir, descorrí una cortina y comprobé que mi ilusión echada a rodar por no ver nada para afuera era real, el ruido de lluvia había sido en realidad nieve, nos despertamos de un salto a pesar de que la temperatura no lo invitaba y nos pusimos a disfrutar del inesperado fenómeno.




Llegó el momento salir con la camioneta para ir a un lugar más plano y que no se quedara atrapada pero ya era tarde, una brevísima subidita se las ingenió para que las ruedas patinaran, formaran una capa de hielo y la fricción de las cubiertas no tuvieran parte en el asunto. “No importa” le dije a Clari, “Tenemos cadenas para nieve”. Lo siguiente fue bochornoso y desnudó mi falta de hombría, ahí Clari supo que no era un macho de los que se usaban antes, Tomé la caja de las cadenas con las dos manos, suspiré al ver que en la tapa decía: “Easy use”, abrí las trabita, no sin dificultad, y se reveló ante mi, un rompecabezas de eslabones metálicos. No sé en que estarían pensando estos yanquis cuando pusieron que era fácil en la tapa, maldije por adentro, pero por afuera solo se me estaban congelando mis manos al punto que quema. Luego de unos breves intentos y ante la imposibilidad de saber si quiera de qué lado del neumático iban y a un tris de desesperar, vi un poco de luz al final del túnel: un hombre fornido que a unos metros venía a paso apretado hacía mi: “¿Vocé queri ayuda?” No hace falta explicar, un brasilero, por más bien predispuesto que estuviese no era lo indicado, la única diferencia con la situación anterior era que ahora éramos dos en vez de uno los homínidos intentando lo imposible. La solución estaba más cerca, le pedí a Clari que se pusiera al volante, a Rodrigo el gaucho que me ayudara a empujar y así nomás la Westy salió del brete en pocos segundos, aunque el saldo fue una tremenda caída de mi ayudante de cara a la nieve después de un resbalón, por suerte era muy amable y se río en vez de mandarme a la mierda.

Agradecidos por tanta voluntad lo invitamos a tomar unos mates, entre verde y verde nos fue contando su historia y resultó ser un copado. Era un empresario full time, se cansó, largó todo y se estaba dedicando a sacar fotos, me enseño algunas cosas y nos fuimos a dar un paseo por el lago con las cámaras para poner en práctica la lección, obviamente quedamos en contacto y esperamos encontrarnos con él en algún otro viaje.


Rodrigo de Porto Alegre y Joaquín de Buenos Aires, no teníamos experiencia con la nieve.


Ensalada, sopa y a la cama ( 8pm)


Rodrigo en el safari fotográfico que hicimos.



Después de ese día con nieve incluida siguió un día con mucho sol y para nada frío especial para ir al Glaciar y así lo hicimos, fuimos temprano (Para nosotros son las 10 más o menos) y disfrutamos todo el día, hipnotizados por los milenarios hielos y solo interrumpidos por las confesiones de un buen hombre ya entrado en años que necesitaba de quién lo escuchara.

De lo que vimos no se puede escribir mucho, mejor son las fotos:






El Lago Buenos Aires parece pintado con un resaltador Faber Castell.


Video rescatado del olvido

Este video no había sido publicado, luego de arduas negociaciones y el pago de un altísimo cachet la protagonista lo autorizó..


Segunda parte..

miércoles, 6 de abril de 2011

Un libro diferente

Para leer este capítulo, es conveniente dejar a un lado los libros de auto ayuda o aquellos que tengan títulos sobre…”Como ser exitoso”, “Como hacerse millonario” o “Como ser un buen padre”, que tan a la moda están y hasta logran sacarle sus manguitos a gente desesperada por lograr lo que sus títulos proponen.

Digo que es mejor deshacerse de ellos para leer esta historia, que para Joaquín y para mí fue la más linda y movilizante desde que salimos de Buenos Aires, porque la misma tiene todos los ingrendientes contrarios a lo que proponen los comerciales “Best Sellers”. Lugar de los hechos: Ushuaia. Testigos presenciales de la más increíble familia: Pitu, Matuca, Valeria, Joaquín y yo. Consecuencias del encuentro: Largas charlas con Joaquín y nuestros amigos del valle sobre Juan y Sandra; alguna lágrima y…¡muchas preguntas!.

“¡Somos 10 para comer! Buenísimo, mejor que ser 5!”, le dijo Juan Pablo a Pitu al enterarse que iríamos algunos más de los planeados esa noche a su casa.

Así fue como conocimos a Sandra, Juan y sus hijos, quienes, sin saberlo y con la humildad que los caracteriza, nos dieron una lindísima muestra sobre como ser familia y pareja. Juan Pablo amasó unos riquísimos sorrentinos, con un relleno casero y una salsa tan deliciosa como la pasta. A la mesa, vino, moscato y panes de agua. La casa es simple, cálida y para nada pretenciosa. Llenos de luz y alegría, Lehuel (nombre de origen mapuche “el único”), Auca (“revelde”) y Elunei (“regalo de la vida”) escuchan y miran con ojos amorosos a sus padres, quienes les devuelven con gestos todo el amor que sienten por ellos. Es que para estos padres sus hijos son realmente lo más importante del mundo. Todo, absolutamente todo, es por y para ellos. Padres despojados de narcisismo, egoísmo y materialismo. Familia que bordea el sistema pero no se deja convencer por sus mecanismos de seducción. Padre que trabaja a sol y sombra pero eligiendo hacerlo dentro del terreno que tienen en su casa, para poder disfrutar de sus hijos. Sandra, una guerrera de corazón. Sus hijos, desde ya niños, están acostumbrados a hablar, hacerse oír y tener un espacio esencial dentro del hogar. Juan y Sandra no ocultan a sus hijos absolutamente nada. Todos los temas se hablan abiertamente, frente a ellos. No existen temas tabú o inapropiados, siempre que se encaren con respeto. Padres que han sabido crear un lenguaje propio, sin imitar o seguir los dados. Locos para algunos, ejemplo para otros. Mientras Juan Pablo habla con Joaquín, Elunei, su hija de 7 años, está totalmente entregada a los brazos cariñosos de su padre, quien la abraza mientras duerme. Hace mucho que no veía a un niño de 7 años dormirse en los brazos de sus padres, ya que estos pequeños, en “nuestra manera de ser sociedad”, han pasado a ser prácticamente adultos.

Juan Pablo y Sandra han elegido, vivir con menos para tener más. En tiempos donde el orden económico ha llegado a dominar la vida de los seres humanos, ellos han sabido desafiar a la corriente y construir un verdadero hogar, donde valores como el trabajo, respeto, comunicación y dialogo no faltan. “Para mi lo más importante es tener un vinculo verdadero con mis hijos”, dice Juan Pablo emocionado.

“Si algo nos pasara a mi o a Sandra, ¿qué les dejaríamos a nuestros hijos? ¿Prohibiciones? No, nosotros queremos darles herramientas” acotaba Juan Pablo. Ellos tienen claro que a través del amor que les brindan a sus hijos, los límites se van demarcando solos, naturalmente. Así es como estos no tienen necesidad de transgredir o utilizar la violencia como manera de expresión. Saben que tienen el espacio dentro del hogar para ser como realmente deseen ser porque sus padres los quieren y respetan.

Como mujer, me he pasado la noche mirando a Sandra. Pensé sobre como se desvaloriza y bastardea a aquellas mujeres que viven su maternidad de manera profunda y conectada a sus hijos, en contraposición a una cultura que busca el éxito y el desarrollo profesional de la mujer y aplaude a aquellas que logran separarse tempranamente de sus hijos para volver al trabajo (no por necesidad). Guarderías, abuelas o niñeras que cuidan de niños, cuyos padres se encuentran muy ocupados, trabajando, para “darles lo mejor” (realmente me pregunto ¿qué es lo mejor para un niño?). Recuerdo la frase que nos dijo hace poco el hijo de un periodista: “Los niños, al ser chicos, solo necesitan el amor de sus padres, comida y abrigo. Todas las demás cosas son necesidades del sistema”.

Anónimos para una sociedad que estimula lo individual, la satisfacción inmediata y el culto al éxito, Juan y Sandra han sabido escribir su propio y singular libro de vida, guiándose por tres de los mejores recursos: la humildad, el dialogo abierto y el amor.

El principio del mundo

Desde chico que tenía ganas de experimentar la sensación de mirar desde la Bahía de Ushuaia y ver para donde no hay nada más. Esta cuidad tenía doble significado para mi, además de ser el punto de partida del raid hasta Alaska para los dos, para mi personalmente era mirar el lugar donde empieza el mundo, era la búsqueda de una sensación que no puedo explicar porque justamente es nueva y no se parece a ninguna otra.

La cosa es que tuve la suerte de sentir ese “no se qué” cruzando el canal de Magallanes para entrar a la Isla de Tierra del Fuego, porque cuando llegamos a Ushuaia tuve la decepción de encontrar a Chile tan cerca que si hubiera querido mirar hacia donde nada hay, no hubiera podido porque a escasos kilómetros se interponía una enorme cordillera que no tenía en mis planes a la hora de imaginarme el principio del mundo.

La Westy entrando al ferry del canal de Magallanes después de un rally por el barro.


La dejamos sola un ratito nomás, mientras comíamos panchos y mirábamos toninas en la cubierta.




Dormimos en la gendarmería de la frontera, acá estamos desayunando.


Al margen de la Ushuaia de mi imaginación, encontramos una con muchas sorpresas y la primera fue llegar al lugar donde vivían Matuca y Pitu (El Rasta) Isla Casares, nuestros anfitriones locales. Queda unos km antes de llegar a la cuidad en un valle muy grande, muy lindo y muy lleno de castores, en una cabaña de cuento que nos dejó la boca semi abierta un buen rato antes de reaccionar ante tanta belleza junta. De Mati obviamente esperábamos una calurosa acojida, es mi amigo desde chico, y si bien no me esperaba ningún mal trato de parte de Pitu, no me esperaba tanta hospitalidad y amistad, desde el primer saludo hasta que nos fuimos no dejó de hacernos sentir como en casa. Nos era difícil escapar de ese lugar, queríamos ir al parque nacional, a la cárcel famosa, a la cuidad y esa nueva amistad y ese lugar increíble nos agarraban los tobillos. Para colmo a la tarde Mati llegaba de trabajar y tuvimos noches de charlas con los dos hermanos y Vale la novia del Pitu que no queríamos cortar por más que el sueño nos llamara, en realidad era yo el que mas insistía para tirar más troncos a la salamandra. No sólo eso nos dio el nuevo amigo, también nos enseño mucho sobre el amor a los perros, nos desasnamos en el rubro trineo tirado por estos y conocimos a su hijo-perro El Negro, que tan querido por su padre nos conquistó desde el vamos.


Caminando en la cuerda floja.


Con el amigo Matuka, haciendo un asadito en la cabaña.


El Negro, el perro de Pitu mirando sus dominios.


Clari escribiendo en nuestra casa.


El atleta.


Con el Negro y la Negra (Si, se llama asi aunque sea blanca).


Todos


Pero pudimos salir, conocimos el parque nacional, que es lindísimo y muy austral, tanto que el clima era más bien inclemente, acampamos al lado de un río, nos sacamos la foto obligatoria con el cartel que reza los kilómetros que separan el lugar con Alaska y nos quedamos casi toda nuestra estadía ahí adentro de la Westy mirando los paisajes, es que esa garúa constante es para valientes.


Nosotros vamos a hacer más kilómetros seguramente.


Estos pájarracos, en vivo se ven enormes y tienen un aspecto un poco prehistórico.


El proceso se repite todas las mañanas y todas las noches, son cinco pasos y le llevan aproximadamente 10 minutos cada uno. Insiste que es lo único que queda de la Clara coqueta que vivía en la ciudad.




Si bien no fuimos a la cárcel, nos hicimos un tiempo para dar vueltas por la cuidad y nos pasó algo ahí que si bien no es muy raro nos gustó mucho. Nos encontramos en una YPF a una pareja que está haciendo un viaje como el nuestro: Ana y Sergio, salieron de Castelar hace más de un mes en su Renault 12 break y estaban saliendo de Ushuaia rumbo al norte, solo los retrasamos un par de horas, pero hubiéramos querido quedarnos más con ellos, hablando y compartiendo todo. No creemos que sea una casualidad muy grande, mucha gente vemos que hace este tipo de viaje, y muchos también se encuentran acá, pero lo que si nos gustó realmente es ver que son dos personas que nos encantaría seguir viendo, y estar con los mismos tiempos, con las mismas intenciones y rumbos. Nos separamos a regañadientes y con la promesa mutua de cruzar nuestras rutas en otros puntos del camino. Ojalá así sea.


La bahía de Ushuaia.
El 12, Sergio, Ana, dos chicos de Francia que llevaban ellos, nosotros y la Westy

La última sorpresa y seguramente una que nos quede en nuestro recuerdo por mucho tiempo, fue conocer a una familia fuera de serie. Y si bien podría escribir horas acerca de ellos, es jurisdicción de Clara la escritura de esa noche, igualmente comparto todas sus sensaciones.

domingo, 3 de abril de 2011

La otra Patagonia


Desolada tierra que mostrás tu cara desconocida y olvidada.
Ojos de mar azul y cuerpo contorneado de penínsulas.

Sobriedad y humildad que enamoran. Temerosa soledad que irradia tu canto animal y kilómetros de nada.

Patagonia melancólica y olvidada. Al Este de la cordillera, amiga del mar, allí te encuentro y allí me quedo.

Corazones latiendo al compás del baile que regalan los guanacos. Patagonia olvidada, como lo fueron tus primeros y verdaderos amores, aquellos pueblos azotados por la soberbia vestida de blanco.

Tierra de vida y de muerte. Historia que lucha por ser abrazada.

La otra Patagonia son los mil kilómetros de vida que atraviesan rías, grutas, cuevas y tierras. Desde Viedma hasta Ushuaia, bordeando el Atlántico, allí es donde alguna vez te dejé olvidada…


Familia Yámana. Comunidad aborigen del sur de Tierra de Fuego, desaparecida hace 200 años, ante expediciones europeas.