Cochilaló. ¿Cómo dijiste que se llama el campo de Pali? ¿Cochilaló? Si. De alguna manera su nombre simboliza la lejanía de este lugar en relación al ombligo de nuestro país, que vendría a ser Buenos Aires. Es decir, si el cuerpo humano equivaldría al mapa de Argentina, Cochilaló sería la pantorrilla. Bueno, hacia ahí fuimos en la época de semana santa, para encontrarnos con nuestros amigos, Pali y Dani.
Llegamos al campo una tarde de lluvia, frío y viento. A orillas del Río Manso y todavía conservando ese estado de naturaleza primitiva y natal, se encuentra este maravilloso refugio natural, que teniendo una de las casas más cálidas de montaña, también conserva a uno de sus propietarios en estado de distracción crónica. Fran, el hermano de Pali, nos recibió esa tarde y junto a tres inolvidables amigos que lo acompañaban, mantuvieron con nosotros una conversación de media hora, sin tener la más remota idea del porqué de nuestra presencia. Guías de turismo, pensaron primero. Gente de la zona que viajaba, asumieron luego. Entre risas y asombro, finalmente entendieron que estábamos ahí porque nos encontraríamos con Pali y Dani, quienes todavía no habían llegado. Claro, en Cochilaló las puertas permanecen abiertas para recibir amigos, amigos de amigos (sería mi caso) y amigos de amigos de amigos.
Una hora más tarde, llegaron Pali y Dani, acompañados también por Tomás y Matías, quien a su vez, venía con Angéles, su novia. Y como cabecilla del encuentro, Ali, el padre de los hermanos Etchart, quien demostró ser, a lo largo de los días, líder indiscutido de las propuestas y desafíos de aventura más exóticos y complejos que alguna vez pude presenciar. No miento. Tal es así que uno de los días más fríos y ventosos de toda la temporada, influidos por el optimismo y linda locura de Ali, salimos los 12 habitantes de Cochilaló a hacer una travesía que nos devolvería a “casa” 6 horas más tarde, mojados de pies a cabeza, embarrados, algunos con marcas de caídas en el culo o guantes de diferente color, por haber improvisado un cambio de retaguardia en las manos. A pesar de lo adverso del clima ese día nos quedó a todos un lindo recuerdo de la aventura y regresar a una chimenea caliente, en compañía de pisco, vino y picada, hizo que la travesía realmente valiera la pena. “Le robamos un programa al mal clima”, decía Ali contento.
Eso sí, a su siguiente propuesta de ir a la luna, luego tirarnos por paracaídas en Marte, regresar a la tierra haciendo culo patín, de ahí escalar el Everest saltando en una pierna y finalmente nadar en una pileta de Casancrem, agradecí amablemente pero negué la invitación, principalmente, por falta de tiempo.
Qué decir de los “chicos Itaú”, así apodados los amigos de Fran, quienes más que trabajar en un banco, parecían ser actores de circo. En tres días y sin buscarlo, creo que adquirimos un cariño mutuo, tal es así que al llegar el momento de la despedida, lo hicieron como si nos hubiéramos conocido hace meses y corrieron detrás de la Westy cual amantes arrepentidos de las películas románticas. ¡Chicos, les prometemos cambiarnos de banco, del Santander al Itaú en honor a la amistad cosechada!
Y para completar el álbum, con la figurita más deseada, esa que no se consigue en ningún kiosco, el Maradona de las calcomanías del mundial, queremos despedirnos de Pali y Dani, nuestros queridos amigos. ¡Esperamos verlos en algún próximo destino, ojo, en alguno en donde no seamos solo un dólar! (chiste para Pali). ¡Los queremos mucho!